Tu conexión sagrada

Más allá de tu percepción corporal, de conectar con tus  emociones y de tus construcciones mentales racionales: ¿De verdad no sientes que algo trasciende por encima de ti como individuo y te conecta con una energía más grande, más abierta y universal? Es la dimensión trascendente, inexplicable , misteriosa y excitante, la que te conecta con la vida y con todo lo que es el universo. Es lo sagrado en ti. Tú eres Dios. Si…eres la parte que te corresponde de “Dios”, eres esa parte minúscula en el infinito que te corresponde de todo lo grande que es la vida. Aún así, eso no es poco ni mucho menos: Por ser esencialmente parte de lo sagrado, ya eres sagrada, y estás cargada potencialmente con todas las tonalidades y aromas de esa energía universal. Solo tienes que reconocerlas y explorarlas.

Si humanizamos esos atributos, tienes todos los que se asocian tradicionalmente a las deidades según su cultura: eres el dios de la guerra, la diosa del amor, el Dios de la justicia, la Diosa del placer y lo dionisíaco, el Dios castigador y cruel , la Diosa de la bondad..

Y aún así,  esa conexión sientes que es más grande que todo eso, tu la puedes sentir e intuir, pero no explicar, es algo más grande que tú y que lo que puedas concebir mentalmente. Puedes vivirlo, observar, dejarte llevar y disfrutarlo..no pierdas el tiempo en racionalizarlo, porque entonces ya lo estarías sesgando. He escrito “Dios”, solo para que me entiendas..para mí éste es ya un concepto racionalizado y limitante.

Sintoniza con esa energía que no tiene porque tener nombre, conecta y siéntete parte de ella: está en la admiración de la grandiosidad de la naturaleza, está en la vibración interior de la música que mueve tus sentimientos, está en una mirada tierna, está en el anhelo del amor puro.

Desde ese lugar solo puede nacer la admiración y el agradecimiento, desde ahí puedes ayudarte a sanar heridas, a reconciliarte contigo y con la vida.

Siento Amor

Mucho tiempo he buscado el amor fuera de mí. La expectativa de que el amor en mayúsculas residía en “encontrarlo” en otra persona. Tenía que encontrar la pareja adecuada a mí para poder sentir amor, que me enamorara y sintiera mariposas en el estómago. Cuando encontré estas sensaciones, con el tiempo se transformaban o diluían y me frustraba, pensando equivocadamente que era porque quizás no era la persona adecuada, la que me llenara. Llegué incluso  a cuestionarme si no “sabía” amar.

Empiezo a darme cuenta del error, con el que podría estar tropezándome toda la vida, y es que quizás no ponía el foco adecuado en el origen de la experiencia amorosa.

Lo primero es que me doy cuenta de que el amor no reside tanto en lo que me proporciona el otro como algo externo a mí, que debe propagarse en dirección a mí y en el cual no soy más responsable que encontrarlo y estar abierto para recibirlo, cuidarlo y disfrutarlo.

El amor está en mí. Es un sentimiento mío, que reside en  mi interior, el otro no lo genera, quizás pueda evocarme sensaciones, pero en esencia es mío, es parte de mi energía, de mi naturaleza. Esa sensación de calorcito en el corazón, de alegría en la mirada, de agradecimiento, de saborear cada momento, de ganas de vivir, la tengo Yo dentro.  Me doy cuenta de que es el acto de reconocerlo primero y luego de expresarlo, de canalizarlo al exterior,  lo que realmente me da placer, y es una sensación realmente adictiva. Lo único que debo hacer es estar atento, reconocerlo y canalizar su expresión.

El otro ya no es responsable, ni me limita mis ganas de expresarlo.

Lo segundo es que la experiencia amorosa tiene también muchas caras. Yo siento amor y también puedo expresarlo de tantas maneras como Yo sea capaz de captar la vida:

Disfruto de mi amor por mis hijos con una sonrisa de ternura, de una manera paternal, entregada, cuidadora,  con inmenso orgullo y pertenencia.

Puedo mirar a  mi pareja de tú a tú, con libertad y respeto, recibiéndola como un gran regalo, con sus bonitas imperfecciones, apreciando sus diferencias, como mi entrañable compañera/o de viaje, como espejo, como maestra/o, como el Dios/a con el que  conecto toda mi sensualidad y expreso mi ternura. Le puedo confiar mi vulnerabilidad y así abrirle las puertas para compartir los lugares más íntimos de mi, con lo que la relación se hace profunda y auténtica.

Puedo amar a mis amigos sintiendo su complicidad,  su lealtad, en la alegría, en el encuentro, en el desahogo, en la comprensión.

Amar a la familia, sentir su presencia constante y  disponibilidad amorosa.

Amo a mis gatitas solo por ser, por estar junto a mí, por su sencillez y transparencia, por celebrar conmigo cada nuevo día, por animarme a jugar continuamente, por recogernos juntos en las tardes de invierno , por mirarnos sin decir nada y todo a la vez.

Amo la música que escucho , amo lo que hago, amo la naturaleza y la vida.